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viernes, 19 de febrero de 2010

Federito, el trébol de 4 hojas

“Federito” era un hermoso y alegre trébol verde que nació una mañana de primavera al rocío de un enorme jardín al sur de España. Nada más nacer, “Federito” soñaba con tener una vida repleta de sol y de agua en compañía de los demás tréboles y disfrutando de lo que se suponía un futuro lleno de esperanza y alegría.

Sin embargo, el sueño de “Federito” se desvaneció cuando se dio cuenta que mientras todos sus amiguitos tenían tres hojas, él tenía cuatro. ¡No se lo podía creer!

-¿Por qué soy diferente? ¿Por qué no puedo ser como los demás?- Lloraba Federito cada día.

Federito preguntó y preguntó a todos sus amigos. -¿Qué me ocurre? ¿Por qué tengo cuatro hojas? - Pero, nadie sabía contestarle. Nadie tenía respuestas para Federito.

El tiempo pasaba, Federito iba creciendo y sus amigos, poco a poco, iban dejándole a un lado. ¡Él no era como el resto! Era un trébol diferente, un trébol raro.

Un día, de mucha lluvia, Federito conoció a uno de los tréboles más viejos del jardín “SIO”. Este trébol enseguida despertó la curiosidad de Federito, ya que a diferencia del resto DioniSIO no se sorprendió al ver “lo especial que era”.

-¿Sabes por qué soy diferente?- Preguntó enseguida Federito.

DioSIO entonces, de forma pausada y serena asintió. Y le contestó: “Querido Federito debes saber que de cada 10.000 tréboles, nace uno que tiene cuatro hojas. Todavía los más mayores del lugar desconocemos la causa exacta, pero algunos árboles centenarios apuntan a que pueden ser los genes que corren por tus raíces los que te hacen ser distinto”.

-¿Y es malo?- Preguntó muy preocupado Federito.

Fue entonces, cuando DioniSIO prácticamente con lágrimas en los ojos le explicó: “los tréboles de cuatro hojas tienen una esperanza de vida muy corta. Al ser tan especiales y maravillosos, los seres humanos deciden cortarlos y utilizarlos como amuletos de la buena suerte. Esto hace que casi ningún trébol sobreviva”.

Federito no se lo podía creer. -¿Entonces, no puedo hacer nada para solucionarlo?- preguntó sollozando.

-¡Por supuesto!- Afirmó DioniSIO. Puedes buscar a otros tréboles en tu misma situación y uniros para defender vuestro derecho a la vida. Podéis luchar para que el resto de tréboles de tres hojas descubran que la diferencia os hace hermosos y especiales.

En medio de las lágrimas, Federito escuchó las palabras de DioniSIO y fue para él como un rayo de luz.

Y fue justo entonces, cuando más fuerza tenía, cuando más vida quería vivir, cuando sobre él, se ciñó una gran sombra negra. Una mano humana se abalanzó sobre Federito dispuesta a arrancar de tallo todas sus ilusiones.

Todo se iba a acabar para nuestro joven amigo. Federito gritó, pataleó, luchó y justo cuando había perdido toda esperanza, la voz de un niño resonó con fuerza en el aire: “¡Papá no arranques ese trébol. Cuando se arranca un trébol se queda seco y arrugado. Pierde ese color verde que tanto me gusta. ¿Por qué no lo dejas en el jardín, y cada día venimos a mirarlo para ver como crece?”.

Fue entonces cuando el niño se acercó a Federito y con su mano le acarició suavemente. Nuestro joven trébol, con lágrimas en los ojos no se podía creer lo ocurrido. ¡Ese niño le había salvado! ¡Le había devuelto la esperanza!

Y justo, mientras estaba dando gracias por poder seguir con vida, Federito se percató de un curioso detalle: el niño que le había devuelto la vida, el niño que le había acariciado con tanta ternura, no era como el resto de los niños que Federito conocía.

Ese niño era tan especial como él: Tenía seis dedos en la mano.


Víctor, Síndrome de Joubert


Víctor padece una enfermedad que sufre una persona entre un millón. Víctor padece numerosas secuelas físicas que le limitan su calidad de vida y le dificultan su adaptación social.

Sin embargo, Víctor no puede nunca dejar de sonreír. La alegría, el optimismo y el derroche de energía acompañan a diario a Víctor. ÉL QUIERE TENER FUTURO

Por cierto, Víctor tiene seis dedos, Víctor es un trébol de cuatro hojas.


FEDER - Federación Española de Enfermedades Raras

sábado, 12 de septiembre de 2009

He resuelto el buscaminas!

No es imposible, después de muchos intentos he resuelto el buscaminas en modo difícil.

Lleno de orgullo me encuentro.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Los grandes cabos


Para los marineros, había y sigue habiendo un hito que es sinónimo de convertirse en leyenda. Una hazaña que puede costar la vida y que de hecho se ha llevado las vidas de muchas personas a lo largo de los siglos. Esta hazaña que hoy sigue sin estar libre de peligros es circunnavegar el mundo por la ruta austral, lo que exige necesariamente atravesar los conocidos como tres grandes cabos. Para un barco que zarpe desde Europa o desde las costas orientales de América el orden en el que se los encuentra es el siguiente:

Cabo de Buena Esperanza (África).
Cabo Leeuwin (Australia).
Cabo de Hornos (América).

Aquel que consigue abordarlos y pasarlos con éxito obtiene una satisfacción comparable a la de un alpinista que corone los 14 ochomiles o que complete el proyecto 7 cumbres; o la satisfacción de un atleta que corra en el Espartatlón y consiga llegar a la meta (esa carrera son 250 km).

A aquellos que lo consiguen, según la tradición, se les permite hacer uso de tres singulares derechos que muestran su valía a todo el mundo:

Pueden llevar tres anillos en su oreja.
Pueden permanecer de pie y cubiertos ante los reyes.
Pueden mear contra el viento.

Aunque el último privilegio pueda parecer de chiste, lo que realmente simboliza es que la persona que ha pasado los tres cabos tiene un domino total de los vientos y las corrientes marinas, lo cual le ha permitido salir con vida de su aventura.

Comentemos brevemente los tres cabos.

Cabo de Buena Esperanza:

Situado en África del Sur, a 35 º de latitud sur, es el primer obstáculo que se encuentran los aventureros, conocido originalmente como cabo de las tormentas, abrió la ruta para navegar entre Europa y las indias orientales en el siglo XVI.

Cabo Leeuwin:

En Australia occidental, a 34 º de latitud sur, es el primer trozo de tierra firme que uno se encuentra desde la entrada en el Índico. Está un poco más al norte que el cabo de Buena Esperanza.

Hasta ahora las dificultades de la ruta son debidas al frío de esta parte del mundo y a la sensación de aislamiento, pero no a los cabos propiamente dichos (aunque una distracción al bordearlos puede dar con el casco del navío en la piedra, con lo que ello conlleva).

Ahora bien, antes de pasar al tercer cabo (y el más peligroso) comentaré algo acerca de los vientos en la ruta austral.

Esta ruta tiene la particularidad de que carece de tierra firme, se trata de un enorme cinturón de agua entre la Antártida y Africa/Oceanía/América. La ausencia de tierra provoca que los vientos sean particularmente intensos (es como si tuviéramos todas las ventanas abiertas un día de vendaval). Este efecto se incrementa notablemente al sur de la latitud 40 º, hasta el punto de que en esa latitud se dice que imperan los 40 bramantes, en alusión a la intensidad y violencia de los vientos.

Cabo de Hornos:

Es el último, situado en la isla de Hornos, al sur de la tierra del fuego, a 56 º de latitud sur. Este es el paso marítimo más peligroso del mundo, debido entre otras cosas a su extrema latitud (a 700 km más al sur está la península antártica) y a ser el punto en el que el Pacífico y el Atlántico chocan.

La violencia de las corrientes de los dos océanos hacen que el mar siempre esté picado y haya un gran oleaje que te arrastra hacia las rocas. Debido a su posición geográfica (está situado en el océano austral) la presencia de enormes icebergs es constante casi todo el año. Lo que comentamos antes de los vientos aquí se acentúa, ya que el estrecho entre la tierra del fuego y la Antártida hace de embudo, canalizando el flujo de aire y aumentando su intensidad. El hecho de que los otros dos cabos estuvieran más al norte de la latitud 40 º sur era una especie de seguro para los circunnavegantes, pero el cabo de Hornos te fuerza a descender hasta los casi 60 º sur, pasando la zona de los 50 furiosos (latitud 50 º sur) y estando muy cerca de los 60 aulladores.

A lo largo de los años han muerto (y siguen haciéndolo) muchas de las personas que han intentado pasar por allí.

Como se puede comprobar leyendo este texto, el peligro de circunnavegar el globo siguiendo la ruta austral sigue estando vigente, y creo que esa es la razón de que a algunos nos siga pareciendo algo hermoso: se trata de algo que los hombres no han podido ni podran dominar por muchos gps y motores diesel que se usen. El reto de los cabos sigue ahi, desafiando a todos aquellos que les planten cara. Los privilegios que nombré más arriba están bien merecidos a aquellos que superen esta prueba.